GR11 en 21 días - D12 (Estanyets d'Anglos > Cerca RFG Biadós (cabaña de pastores))

· Etapa: D12
· Fecha: 28/08/2017
· Inicio/Fin: Estanyets d'Anglos (Lleida) > Cerca RFG Biadós (cabaña de pastores) (Lleida)
· Distancia: 38,18 Km
· Desnivel +: 2152 m
· Desnivel -: 2643 m
· Track realizado: Track GR11 en 21 días - D12 - 20170828

· Comentarios:
Este fue el día en el que me pilló una tormenta de viento, lluvia y granizo. Lo más gracioso de todo es que no me pilló por sorpresa, porque durante la media hora anterior fui observando cómo, en el valle que tomaría unos minutos después, las nubes se tornaban cada vez más densas y oscuras y la cortina de lluvia comenzaba a ser claramente visible. Me pilló la tormenta por tonto. Cuando comenzaron a caer las primeras gotas, paré y saqué el paraguas que llevaba. Pensé que sería suficiente. No puse la funda a la mochila y no me enfundé el chubasquero. Simplemente saqué un paraguas de 3€ depositando en él la esperanza de mi salvación —total, el refugio lo tenía «en ventana» de 2 kilómetros y también tenía en ventana de 800m (en el GPS) un refugio no guardado, probablemente sería suficiente con el paraguas.
Pero no. Creo que no era necesario ser un experto meteorólogo para adivinar que la marabunta que se estaba formando sobrepasaría el poder de un paraguas de los chinos. La tenía delante de mi, y no supe ponderar su magnitud. Por un momento creí ver sobre la colina a Gandalf —de El Señor de los Anillos— gritando aquello de: «¡corred insensatos!». En menos de un par de minutos, el viento arreció, un trueno sonó y el cielo pareció romperse.

Me llamó muchísimo la atención el comportamiento de los rebaños de ovejas que me rodeaban. Mientras chispeaba, las ovejas corrían de cotas altas a cotas bajas (la senda iba paralela a una ladera en pendiente). Corrían como intentando llegar a algún refugio, quizá a su corral. Corrían como yo. De hecho, muchas de ellas corrían por la misma senda por la que yo lo hacía, entorpecían mi camino. Su comportamiento era idéntico al mío —en condiciones extremas, lo que nos mueve son nuestros instintos animales —pensaba—; ni yo soy humano ni ellas son ovejas; quizá éramos tanto, o quizá tan poco, como unos simples seres vivos intentando sobrevivir.
En un momento dado algo ocurrió. La intensidad de la tormenta fue máxima. Caía granizo, el viento nos azotaba, los rayos iluminaban el cielo, la lluvia nos empapaba. En ese momento dado, las centenas de ovejas que instantes antes corrían despavoridas, se quedaron paralizadas de repente. Todas se quedaron inmóviles. Era como si un hechizo hubiese caído sobre ellas. Nunca había visto algo así. Incluso tuve miedo. Pero quizá, lo más llamativo, es que sin ser consciente, yo también había quedado paralizado. Volviendo a mi conciencia, me encontré agazapado en el suelo, intentando proteger con mi cuerpo del agua mi mochila, sosteniendo el esqueleto de un paraguas que ya no me protegía. Y las observaba desde allí, preguntándome qué instinto les hacía quedarse paralizadas en el momento más álgido de la tormenta, tan paralizadas como yo lo estaba, en el suelo, viendo cómo mis pies estaban sumergidos en agua, posados sobre un riachuelo que minutos antes era senda.

Sintiéndome mojado, desesperado, humillado por la astuta tormenta que me plantó emboscada con mis armas envainadas, acurrucado en posición semifetal sobre el barro, intentando proteger del agua la mochila, que yacía ya empapada, tenía que tomar una decisión. Si el waypoint del GPS lo había dado de alta correctamente, en 800 metros tenía un refugio no guardado; además, en unos 2 kilómetros tenía el Refugio de Biadós. Estas distancias eran en plano, sabía que con el desnivel podrían llegar a ser el doble y con la tormenta de granizo, a parecer el triple. Estimaba un tiempo de entre 5 a 20 minutos de carrera desesperada bajo el viento, la lluvia y el granizo. No podía quedarme inerte en el suelo mientras mi cuerpo y mi mochila escurrían agua como ropa recién sacada de una lavadora sin función de centrifugado. Tenía que correr, total, más mojado no podía estar, pero estaba rodeado por cientos de ovejas paralizadas. Así, decidí ponerme en pie y comenzar a gritar. Gritaba y corría. Corría y gritaba. —¡Quitad de enmedio!, ¡ahhhhhhhh!, ¡quitad de enmedio! —gritaba e intentaba abrirme paso; alzaba mis brazos al aire, agitando el esquelético paraguas—,¡aaaahhhhhhhhhh!, ¡¡¡¡dejadme pasar!!!!

Así, conseguí avanzar unos cientos de metros, tantos, que cuando vine a darme cuenta, miré el GPS y ya había pasado el refugio no guardado. ¡Estaba en una cota superior! Tenía que llegar a él como fuera. Mantuve el GPS en la mano y decidí tomar línea recta fuese por donde fuese hasta llegar a él, trepando por la ladera. Efectivamente, ¡la coordenada era correcta y allí estaba!. Tras ascender unos 30 metros de cota, pude ver una aparente caseta de pastores. Llegué a ella desesperado. Podría estar cerrada, pero no, ¡estaba abierta! Abrí la puerta y entré sin pensarlo. Por fin estaba protegido.

La caseta no llegaría a tener más de 8 metros cuadrados. Estaba bastante deteriorada, sucia, con tierra en el suelo, el techo con agujeros... pero sorprendentemente para mi, contaba con una pequeña chimenea donde poder encender fuego, y lo más sorprendente ¡dentro de la caseta había tablones para poder encender una pequeña hoguera! Aunque al principio dudé un poco qué hacer, no sabía si intentar llegar al refugio de Biadós, decidí finalmente encender fuego allí y prepararme para pasar la noche (aunque aún no eran las siete de la tarde). Me quité la ropa mojada y me puse otra menos mojada que tenía dentro de la mochila. Desempaqueté todos los enseres de la mochila y los puse por allí en posición de secado. Con unos palos monté una especie de tenderete frente a la chimenea. Las zapatillas también las puse allí para intentar secarlas (la lengüeta de una de ellas se quemó. Mantengo el recuerdo de aquella tarde :) ). Aunque era un refugio no guardado, para pasar la noche monté la tienda de campaña dentro. Es un hábito que tengo. Si es posible, monto la tienda dentro de los refugios, porque la tienda me da tranquilidad, es como un búnker que te protege (básicamente, no estoy pendiente de los bichos que pueden pasearse por tu cabeza si solamente usas el saco para dormir :) ). Finalmente fue una buena idea, porque a mitad de noche descubrí que tenía un compañero de refugio escondido en el techo, creo que un murciélago, al que intenté no molestar demasiado.

La tormenta pasó y el día siguiente amaneció sin lluvia.

Después de tanta historia, la nota más curiosa con la que me quedé fue que la mayoría de animales nos podemos quedar paralizados en los momentos críticos, desde las ovejas, hasta los humanos, y que en esos momentos críticos, las reglas que dominan nuestro comportamiento son las básicas y fundamentales —como dirían los «neuroestudiosos», nos dejamos llevar por la amígdala y el resto de elementos que conforman nuestro cerebro reptiliano y primitivo, y nos comportamos como «puros animales», sin el añadido racional que nos otorga nuestro cortex prefrontal :) .

· Algunas fotos durante la etapa: